Como ya lo comentábamos en las primeras clases, la NH no puede pensarse ni concretarse sin el pre-texto histórico. En otras palabras, decíamos, no hay NH sin Historia (en sus acepciones de “hechos del pasado” e “investigación sobre esos hechos” y en cuanto a su racionalidad). Además —según Celia Fernández Prieto—, la NH puede entenderse como una forma moderna de actualización de esa larga relación entre historia y ficción que se ha dado en el mundo occidental. Por lo tanto, para lograr una mejor comprensión del surgimiento y auge de la llamada “nueva novela histórica” resulta conveniente estudiar los cambios en las concepciones historiográficas acaecidos principalmente durante la segunda mitad del siglo XX. Ya lo dice Fernando Aínsa: “El auge de la NH en América Latina, operada en el marco de una renovación del género a nivel mundial, se ha dado en forma paralela a la apertura de la historia como disciplina a otros campos (la micro-historia, la historia social, la historia de la vida privada, de las mentalidades, de la sexualidad, de la locura, etc.) y a las discusiones teórica sobre la naturaleza de los discursos historiográfico y ficcional”.

En este sentido, Fernández Prieto ordena en cuatro ámbitos las debates que han puesto en cuestionamiento las dicotomías del pensamiento moderno (sujeto/objeto, realidad/ficción, historia/novela, etc.).

A) Descrédito de los paradigmas objetivistas

A.1) CFP habla del derrumbamiento de los grandes paradigmas objetivistas: la escuela francesa de los Annales, la historiografía marxista o la historiografía liberal británica. En reemplazo de estas líneas historiográficas han proliferado otros tipos de estudios tales como la microhistoria, la macrohistoria o historia comparada de grandes procesos sociales, la historia oral, la historia de la vida privada, de las ideas, de las mentalidades, de la sexualidad, de la locura, etc., estudios que se engloban dentro de la llamada Nueva Historia. Esta multiplicidad de orientaciones ha vuelto a poner en el tapete la posibilidad de lograr un conocimiento objetivo del pasado, de la sociedad, de los procesos de cambio, etc. En este contexto, el historiador, más que explicar el pasado, lo interpreta; y esa interpretación es siempre hecha desde su presente: “sólo podemos captar el pasado y lograr comprenderlo a través del cristal del presente. El historiador pertenece a su época y está vinculado a ella por las condiciones de la existencia humana […] Y es que el historiador no tiene más remedio que elegir: el uso del lenguaje le veda la neutralidad […] El historiador no pertenece al ayer sino al hoy” (Carr, 1984, pp. 33-34).

B) De la Voz de la Historia a las voces de la Historia

B.1) De acuerdo a Peter Burke, la comprensión crítica de la objetividad histórica como quimera y la consecuente asunción de la subjetividad o el perspectivismo ha llevado a la aceptación y presentación de puntos de vista opuestos a la hora de comprender el pasado. El monologismo de la historia tradicional (rankeana), que pretendía ocultar toda huella de la enunciación a fin de dejar hablar a los hechos, ha sido superado por la heteroglosia: “Nos hemos desplazado del ideal de la Voz de la Historia a la heteroglosia, definida como un conjunto de «voces diversas y opuestas»” (2001a, p. 20).

B.2) Este es un recurso que a Burke le parece apropiado tomar prestado de la literatura (el multiperspectivismo) pues “un recurso así permitiría una interpretación del enfrentamiento a la manera de un conflicto entre interpretaciones” (2001b, p. 333).

C) Pérdida de las “fes unificantes”. Nuevo concepto del progreso

C.1) La demolición de la teoría que planteaba la existencia de un principio unificador de carácter universal que daba sentido al proceso evolutivo de las sociedades, causó desconcierto entre los historiadores. Había llegado el “fin del sentido emancipador de la historia” al que hacía referencia en un breve artículo de 1986 el filósofo italiano Gianni Vattimo: la visión cristiana de la historia, la idealista, la positivista y la marxista habían perdido su fuerza como “fes unificantes”. Pérdida que trajo consigo una “secularización del progreso”: “si hemos de definir hoy el progreso, hemos de hacerlo como camino, como desarrollo hacia una condición en la que será posible un progreso posterior. Desarrollo hacia otro desarrollo y nada más” (p. 12).

C.2) Este vaciamiento de la idea de progreso sería el resultado del progreso mismo en la medida en que esto ha significado el desplegarse de una multiplicidad de culturas y sistema de valores, múltiples culturas que “han tomado la palabra para relativizar cualquier intento de identificar la humanidad con un determinado tipo de hombre”.

D) La ficción y la narración en la Historia

D.1) Robin G. Collinwood, “La imaginación histórica”, en The idea of history (1946). En este trabajo dice RC:

- El pensamiento histórico no se asemeja absolutamente ni a la percepción (tienen como objeto propio algo individual, pero lo que se percibe es esto, aquí y ahora, mientras que el pensar histórico se ocupa de acontecimientos que ya ocurrieron) ni a la ciencia (en ambos el conocimiento es inferencias, pero la ciencia se interesa por lo universal abstracto, en tanto que el pensar histórico obtiene un conocimiento razonado de lo que es transitorio y concreto). La historia es una tercera cosa.
- RC rebate la concepción de la historia dada por el sentido común, según la cual las cosas esenciales en la historia son la autoridad y la memoria.
- Las autoridades (fuentes) del historiador son siempre modificadas de tres maneras: selección, construcción (interpolación) y crítica (p. 229) à El historiador es su propia autoridad y su pensamiento es autónomo, auto-autorizante.
- Tampoco la historia depende de la memoria. Puede redescubrir lo olvidado por completo o descubrir lo que nadie había descubierto mediante el tratamiento crítico de sus fuentes y la revisión de fuentes no escritas.
- Historia constructiva: interpolación, entre las afirmaciones tomadas de nuestras autoridades, de otras implícitas en ellas. Esta interpolación tiene dos rasgos: es necesaria (no caprichosa, arbitraria o fantástica) y lo inferido es algo imaginado. La imaginación a priori “salva los huecos entre lo que nuestras autoridades nos dicen, le da continuidad a la narración o descripción histórica” (p. 234). Esta imaginación no inventa sino que completa.
- Historia crítica: los puntos supuestamente fijos, entre los cuales teje su red la imaginación histórica, no se nos dan pre-confeccionados sino que hay que obtenerlos con el pensamiento crítico. Los datos o hechos históricos hay que construirlos (como dice Ricoeur, éstos no preceden a la historiografía sino que son resultado de ella).
- Por lo tanto, “la imagen que el historiador traza del pasado en así, en todos sus detalles, imaginaria” (p. 238).
- Los límites entre la historia y la novela se desdibujan pues ambas son obras de la imaginación. Sin embargo, “difieren en tanto que la imagen del historiador pretende ser verdadera. El novelista sólo tiene una tarea: construir una imagen coherente, que tenga sentido. El historiador tiene una doble tarea: tiene que hacer esto y además construir una imagen de las cosas, tales como ellas fueron, y de los acontecimientos, tales como ocurrieron” (p. 239).

D.2) Paul Veyne, Cómo se escribe la historia (1971).

- Al preguntarse qué es la historia, Veyne responde que ésta no es una ciencia, que no explica y que no tiene método. En realidad, “la historia es una novela verdadera” (p. 10).
- La historia es relato de acontecimientos y, por lo mismo, no nos hace revivir nada. “De la misma forma que la novela, la historia selecciona, simplifica, organiza, resume un siglo en una página” (p. 14).
- La historia es conocimiento a través de documentos, pero va más allá pues el acontecimiento no es el documento mismo. No se trata de un fotomontaje documental ni de una presentación del pasado en directo: la historia es diégesis y no mímesis (p. 15).
- Para Veyne, una vez que los acontecimientos ingresan al texto histórico como hechos ya no existen aisladamente, sino en mutuas relaciones objetivas determinadas por la elección subjetiva del tema que ha hecho el historiador. El tejido de la historia así constituido es lo que Veyne llama una trama, “una mezcla muy humana y muy poco ‘científica’ de azar, de causas materiales y de fines [. . .] un fragmento de la vida real que el historiador desgaja a su antojo y en el que los hechos mantienen relaciones objetivas y poseen también una importancia relativa” (p. 34), que no tienen en la realidad. Ningún acontecimiento en sí tiene más valor que otro fuera de la trama impuesta por el historiador. Distintos historiadores pueden elegir diversos itinerarios de acontecimientos, pero “ninguno de esos itinerarios es el verdadero, ninguno es la Historia” (p. 37).

D.3) Hayden White, "El valor de la narrativa en la representación de la realidad" (1980).

- Para este texto, los remito a la excelente presentación de sus compañeras Claudia Vergara y Katherine Fuentes.

¿Conclusión? El concepto de historia que orientó a la novela histórica tradicional vino en decadencia, sin embargo, ello no significó la desaparición del género. Por el contrario, lo que se produjo a la larga fue una actualización del mismo a partir de las nuevas concepciones historiográficas formuladas especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, las que rebatieron la epistemología histórica hasta entonces dominante y señalaron a la historia “como una escritura siempre construida a partir de figuras retóricas y de estructuras narrativas que también son las de la ficción”, cuestión que obligó “a los historiadores a abandonar la certidumbre de una coincidencia total entre el pasado tal como fue y la explicación histórica que lo sustenta” (Chartier, 2007, pp. 21-22).

En definitiva, la capacidad especular que el positivismo rankeano le otorgó a la historia se vio suplantada por una actitud escéptica ante la objetividad histórica y éste fue el aliciente perfecto para que la novela histórica tomara un recurso. Así, impregnado de una nueva historicidad, el género se desligó de su función constructiva a nivel nacional y renegó del sometimiento al dato historiográfico, desarrollando, en cambio, “una tarea deconstructiva de las concepciones establecidas” (Pacheco, 1997, p. 34) y, a partir de esto, una “distorsión consciente de la historia mediante omisiones, exageraciones y anacronismos” (Menton, 1993, p. 43). De tal modo, historia, verdad y ficción continuaron formando parte de la novela histórica. Claro que ahora, bajo los presupuestos indicados, ésta entró a competir con la historiografía en tanto advirtió que la verdad histórica no es un simple reflejo del pasado sino una construcción narrativa acerca de ese pasado. Ello igualó a la historia y a la nueva novela histórica a nivel discursivo.

Bibliografía

Burke, P. (2001a). Obertura: la Nueva Historia, su pasado y su futuro. En P. Burke (Ed.), Formas de hacer historia (pp. 13-38). (Traducción de José Luis Gil Aristu y Francisco Martín Arribas). Madrid: Alianza Editorial.

Burke, P. (2001b). Historia de los acontecimientos y renacimiento de la narración. En P. Burke (Ed.), Formas de hacer historia (pp. 325-342). (Traducción de José Luis Gil Aristu y Francisco Martín Arribas). Madrid: Alianza Editorial.

Carr, E. H. (1984). ¿Qué es la Historia? (Traducción de Joaquín Romero Maura). Barcelona: Editorial Ariel.

Chartier, R. (2007). La historia o la lectura del tiempo. (Traducción de Margarita Polo). Barcelona: Editorial Gedisa.

Collingwood, R. G. (1977). Idea de la historia. (Traducción de Edmundo O’Gorman y Jorge Hernández Campos). México, D.F.: FCE.

Fernández Prieto, C. (2003). Historia y novela: poética de la novela histórica. Navarra: EUNSA.

Menton, S. (1993). La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992. México, D.F.: FCE.

Pacheco, C. (1997). Reinventar el pasado: la ficción como historia alternativa de América Latina. Kipus. Revista Andina de Letras, 6, 33-42.

Vattimo, G. (1986). El fin del sentido emancipador de la historia, El País, 6 de diciembre, 12-13.

Veyne, P. (1984). Cómo se escribe la historia. Foucault revoluciona la historia. (Traducción de Joaquina Aguilar). Madrid: Alianza Editorial.

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