En este sentido, Fernández Prieto ordena en cuatro ámbitos
las debates que han puesto en cuestionamiento las dicotomías del pensamiento
moderno (sujeto/objeto, realidad/ficción, historia/novela, etc.).
A) Descrédito de los paradigmas objetivistas
A.1) CFP habla del derrumbamiento de los grandes paradigmas
objetivistas: la escuela francesa de los Annales, la historiografía
marxista o la historiografía liberal británica. En reemplazo de estas líneas
historiográficas han proliferado otros tipos de estudios tales como la
microhistoria, la macrohistoria o historia comparada de grandes procesos
sociales, la historia oral, la historia de la vida privada, de las ideas, de
las mentalidades, de la sexualidad, de la locura, etc., estudios que se
engloban dentro de la llamada Nueva Historia. Esta multiplicidad de
orientaciones ha vuelto a poner en el tapete la posibilidad de lograr un
conocimiento objetivo del pasado, de la sociedad, de los procesos de cambio,
etc. En este contexto, el historiador, más que explicar el pasado, lo
interpreta; y esa interpretación es siempre hecha desde su presente: “sólo
podemos captar el pasado y lograr comprenderlo a través del cristal del
presente. El historiador pertenece a su época y está vinculado a ella por las
condiciones de la existencia humana […] Y es que el historiador no tiene más
remedio que elegir: el uso del lenguaje le veda la neutralidad […] El
historiador no pertenece al ayer sino al hoy” (Carr, 1984, pp. 33-34).
B) De la Voz de la Historia a las voces de la
Historia
B.1) De acuerdo a Peter Burke, la comprensión crítica de la
objetividad histórica como quimera y la consecuente asunción de la subjetividad
o el perspectivismo ha llevado a la aceptación y presentación de puntos de
vista opuestos a la hora de comprender el pasado. El monologismo de la historia
tradicional (rankeana), que pretendía ocultar toda huella de la enunciación a
fin de dejar hablar a los hechos, ha sido superado por la heteroglosia: “Nos
hemos desplazado del ideal de la Voz de la Historia a la heteroglosia, definida
como un conjunto de «voces diversas y opuestas»” (2001a, p. 20).
B.2) Este es un recurso que a Burke le parece apropiado
tomar prestado de la literatura (el multiperspectivismo) pues “un recurso así
permitiría una interpretación del enfrentamiento a la manera de un conflicto
entre interpretaciones” (2001b, p. 333).
C) Pérdida de las “fes unificantes”. Nuevo concepto
del progreso
C.1) La demolición de la teoría que planteaba la existencia
de un principio unificador de carácter universal que daba sentido al
proceso evolutivo de las sociedades, causó desconcierto entre los
historiadores. Había llegado el “fin del sentido emancipador de la historia” al
que hacía referencia en un breve artículo de 1986 el filósofo italiano Gianni
Vattimo: la visión cristiana de la historia, la idealista, la positivista y la
marxista habían perdido su fuerza como “fes unificantes”. Pérdida que trajo consigo
una “secularización del progreso”: “si hemos de definir hoy el progreso, hemos
de hacerlo como camino, como desarrollo hacia una condición en la que será
posible un progreso posterior. Desarrollo hacia otro desarrollo y nada más” (p.
12).
C.2) Este vaciamiento de la idea de progreso sería el
resultado del progreso mismo en la medida en que esto ha significado el
desplegarse de una multiplicidad de culturas y sistema de valores, múltiples
culturas que “han tomado la palabra para relativizar cualquier intento de
identificar la humanidad con un determinado tipo de hombre”.
D) La ficción y la narración en la Historia
D.1) Robin G. Collinwood, “La imaginación histórica”, en The
idea of history (1946). En este trabajo dice RC:
- El pensamiento histórico no se asemeja absolutamente ni a
la percepción (tienen como objeto propio algo individual, pero lo que se
percibe es esto, aquí y ahora, mientras que el pensar histórico se ocupa de
acontecimientos que ya ocurrieron) ni a la ciencia (en ambos el conocimiento es
inferencias, pero la ciencia se interesa por lo universal abstracto, en tanto
que el pensar histórico obtiene un conocimiento razonado de lo que es
transitorio y concreto). La historia es una tercera cosa.
- RC rebate la concepción de la historia dada por el sentido
común, según la cual las cosas esenciales en la historia son la autoridad y la
memoria.
- Las autoridades (fuentes) del historiador son siempre
modificadas de tres maneras: selección, construcción (interpolación) y crítica
(p. 229) à El historiador es su propia autoridad y su pensamiento es
autónomo, auto-autorizante.
- Tampoco la historia depende de la memoria. Puede
redescubrir lo olvidado por completo o descubrir lo que nadie había descubierto
mediante el tratamiento crítico de sus fuentes y la revisión de fuentes no
escritas.
- Historia constructiva: interpolación, entre las
afirmaciones tomadas de nuestras autoridades, de otras implícitas en ellas.
Esta interpolación tiene dos rasgos: es necesaria (no caprichosa, arbitraria o
fantástica) y lo inferido es algo imaginado. La imaginación a priori “salva los
huecos entre lo que nuestras autoridades nos dicen, le da continuidad a la
narración o descripción histórica” (p. 234). Esta imaginación no inventa sino
que completa.
- Historia crítica: los puntos supuestamente fijos, entre
los cuales teje su red la imaginación histórica, no se nos dan
pre-confeccionados sino que hay que obtenerlos con el pensamiento crítico. Los
datos o hechos históricos hay que construirlos (como dice Ricoeur, éstos no
preceden a la historiografía sino que son resultado de ella).
- Por lo tanto, “la imagen que el historiador traza del
pasado en así, en todos sus detalles, imaginaria” (p. 238).
- Los límites entre la historia y la novela se desdibujan
pues ambas son obras de la imaginación. Sin embargo, “difieren en tanto que la
imagen del historiador pretende ser verdadera. El novelista sólo tiene una
tarea: construir una imagen coherente, que tenga sentido. El historiador tiene
una doble tarea: tiene que hacer esto y además construir una imagen de las
cosas, tales como ellas fueron, y de los acontecimientos, tales como
ocurrieron” (p. 239).
D.2) Paul Veyne, Cómo se escribe la historia (1971).
- Al preguntarse qué es la historia, Veyne responde que ésta
no es una ciencia, que no explica y que no tiene método. En realidad, “la
historia es una novela verdadera” (p. 10).
- La historia es relato de acontecimientos y, por lo mismo,
no nos hace revivir nada. “De la misma forma que la novela, la historia
selecciona, simplifica, organiza, resume un siglo en una página” (p. 14).
- La historia es conocimiento a través de documentos, pero
va más allá pues el acontecimiento no es el documento mismo. No se trata de un
fotomontaje documental ni de una presentación del pasado en directo: la
historia es diégesis y no mímesis (p. 15).
- Para Veyne, una vez que los acontecimientos ingresan al
texto histórico como hechos ya no existen aisladamente, sino en mutuas
relaciones objetivas determinadas por la elección subjetiva del tema que ha
hecho el historiador. El tejido de la historia así constituido es lo que Veyne
llama una trama, “una mezcla muy humana y muy poco ‘científica’ de azar, de
causas materiales y de fines [. . .] un fragmento de la vida real que el
historiador desgaja a su antojo y en el que los hechos mantienen relaciones objetivas
y poseen también una importancia relativa” (p. 34), que no tienen en la
realidad. Ningún acontecimiento en sí tiene más valor que otro fuera de la
trama impuesta por el historiador. Distintos historiadores pueden elegir
diversos itinerarios de acontecimientos, pero “ninguno de esos itinerarios es
el verdadero, ninguno es la Historia” (p. 37).
D.3) Hayden White, "El valor de la narrativa en la
representación de la realidad" (1980).
- Para este texto, los remito a la excelente presentación de
sus compañeras Claudia Vergara y Katherine Fuentes.
¿Conclusión? El concepto de historia que orientó a la novela
histórica tradicional vino en decadencia, sin embargo, ello no significó la
desaparición del género. Por el contrario, lo que se produjo a la larga fue una
actualización del mismo a partir de las nuevas concepciones historiográficas
formuladas especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, las que rebatieron
la epistemología histórica hasta entonces dominante y señalaron a la historia
“como una escritura siempre construida a partir de figuras retóricas y de
estructuras narrativas que también son las de la ficción”, cuestión que obligó
“a los historiadores a abandonar la certidumbre de una coincidencia total entre
el pasado tal como fue y la explicación histórica que lo sustenta” (Chartier,
2007, pp. 21-22).
En definitiva, la capacidad especular que el positivismo
rankeano le otorgó a la historia se vio suplantada por una actitud escéptica
ante la objetividad histórica y éste fue el aliciente perfecto para que la
novela histórica tomara un recurso. Así, impregnado de una nueva historicidad,
el género se desligó de su función constructiva a nivel nacional y renegó del
sometimiento al dato historiográfico, desarrollando, en cambio, “una tarea
deconstructiva de las concepciones establecidas” (Pacheco, 1997, p. 34) y, a
partir de esto, una “distorsión consciente de la historia mediante omisiones,
exageraciones y anacronismos” (Menton, 1993, p. 43). De tal modo, historia,
verdad y ficción continuaron formando parte de la novela histórica. Claro que
ahora, bajo los presupuestos indicados, ésta entró a competir con la
historiografía en tanto advirtió que la verdad histórica no es un simple
reflejo del pasado sino una construcción narrativa acerca de ese pasado. Ello
igualó a la historia y a la nueva novela histórica a nivel discursivo.
Bibliografía
Burke, P. (2001a). Obertura: la Nueva Historia, su pasado y su
futuro. En P. Burke (Ed.), Formas de hacer historia (pp.
13-38). (Traducción de José Luis Gil Aristu y Francisco Martín Arribas).
Madrid: Alianza Editorial.
Burke, P. (2001b). Historia de los acontecimientos y
renacimiento de la narración. En P. Burke (Ed.), Formas de hacer
historia (pp. 325-342). (Traducción de José Luis Gil Aristu y
Francisco Martín Arribas). Madrid: Alianza Editorial.
Carr, E. H. (1984). ¿Qué es la Historia? (Traducción
de Joaquín Romero Maura). Barcelona: Editorial Ariel.
Chartier, R. (2007). La historia o la lectura del
tiempo. (Traducción de Margarita Polo). Barcelona: Editorial Gedisa.
Collingwood, R. G. (1977). Idea de la historia.
(Traducción de Edmundo O’Gorman y Jorge Hernández Campos). México, D.F.: FCE.
Fernández Prieto, C. (2003). Historia y novela:
poética de la novela histórica. Navarra: EUNSA.
Menton, S. (1993). La nueva novela histórica de la
América Latina, 1979-1992. México, D.F.: FCE.
Pacheco, C. (1997). Reinventar el pasado: la ficción como
historia alternativa de América Latina. Kipus. Revista Andina de Letras,
6, 33-42.
Vattimo, G. (1986). El fin del sentido emancipador de la
historia, El País, 6 de diciembre, 12-13.
Veyne, P. (1984). Cómo se escribe la historia.
Foucault revoluciona la historia. (Traducción de Joaquina Aguilar). Madrid:
Alianza Editorial.



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